
Entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976, diez estudiantes secundarios de la ciudad de La Plata fueron secuestrados en el marco de un operativo ilegal que las propias fuerzas de seguridad denominaron “La Noche de los Lápices”. El 16 de septiembre concentró la mayor parte de la actividad de los grupos de tareas y, por eso, la fecha quedó grabada en la memoria colectiva como símbolo de crímenes que jamás deben ser olvidados.
El 8 de septiembre había sido secuestrado Gustavo Calotti. El 15, Claudio de Acha y, al día siguiente, María Claudia Falcone, Francisco “Pancho” López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro y Daniel Racero. El 17 de septiembre fueron secuestradas Emilce Moler y Patricia Miranda, mientras que Pablo Díaz fue secuestrado el día 21. Calotti, Moler, Miranda y Díaz sobrevivieron, pero nunca volvieron a saber qué había sucedido con sus seis compañeros y amigos. La mayoría militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), como Emilce Moler, una de las sobrevivientes, que el pasado domingo 13 de septiembre, a través de un video publicado en su cuenta personal de YouTube, brindó un emotivo testimonio con el objetivo inclaudicable de traer aquella historia al presente:
“Y llega septiembre, hace cincuenta años que el calendario se detiene en una fecha: el 16. Y vuelven ellos, mis compañeros. No vuelven en esas fotos blanco y negro que todos conocemos, a mí me vuelven vivos, muy jóvenes, con sus discusiones, sus enojos, sus sueños. Nos reíamos, militábamos, queríamos cambiar las cosas, queríamos vivir. No les dieron la capacidad de crecer, de equivocarse, de cambiar algunas cosas y de sostener otras. No les dieron tiempo”.
Recordar este hecho no implica solamente reconstruir una sucesión de fechas y nombres. Significa comprender que aquellas juventudes fueron víctimas de un aparato represivo que persiguió y buscó eliminar distintas experiencias de participación política, social y estudiantil. Sus historias permiten recuperar no sólo la dimensión de la violencia ejercida por la dictadura, sino también la de una juventud que se organizaba, discutía, militaba y proyectaba transformaciones para su sociedad.

Juventudes que participan
La historia de La Noche de los Lápices está estrechamente vinculada con la participación estudiantil. Uno de los reclamos que atravesó las experiencias de organización fue el boleto estudiantil secundario, una demanda relacionada directamente con las posibilidades de acceder y permanecer en la escuela. Para muchos estudiantes, el costo del transporte representaba una dificultad concreta para sostener su escolaridad, por lo que reclamar por un boleto accesible significaba defender una condición necesaria para ejercer el derecho a la educación.
La participación de las y los jóvenes no se agotaba en ese reclamo: sus trayectorias también estaban atravesadas por distintas formas de organización política y estudiantil. En ese contexto, la escuela, más allá de ser un espacio destinado a la transmisión de conocimientos, constituía también un lugar de socialización, encuentro, construcción de identidades y participación. Allí, podían conocer sus derechos, discutir sus realidades y construir herramientas para intervenir en la sociedad de la que formaban parte.
La dictadura interrumpió violentamente esas experiencias. La persecución alcanzó a estudiantes, docentes, trabajadores, organizaciones y buscó desarticular las formas de organización colectiva construidas por amplios sectores de la sociedad. Por eso, cada 16 de septiembre también puede ser entendido como una fecha para reivindicar el derecho a participar, reunirse, organizarse, expresar ideas y reclamar por aquello que consideran necesario para transformar sus condiciones de vida.
Medio siglo después.
Cincuenta años constituyen una distancia temporal considerable, pero no necesariamente una distancia de sentido. Las circunstancias históricas cambiaron y también lo hicieron las formas de participación juvenil, las instituciones educativas y las maneras de construir vínculos y expresar demandas. La democracia argentina permitió recuperar y ampliar espacios de participación y convirtió la memoria y los derechos humanos en dimensiones fundamentales de la vida pública.
En ese proceso, el reconocimiento y fortalecimiento de la participación estudiantil también encontró un marco legal, como ocurrió con la Ley 26.877 de Centros de Estudiantes, sancionada en 2013, que reconoce a los centros de estudiantes como órganos democráticos de representación estudiantil y establece el derecho de las y los estudiantes a organizarse y participar en la vida institucional. La Campaña Argentina por el Derecho a la Educación (CADE) acompañó este proceso, reivindicando la participación de las juventudes como una dimensión fundamental del derecho a la educación. Sin embargo, la existencia de instituciones democráticas no vuelve innecesario el ejercicio de la memoria. Por el contrario, exige sostenerla como una herramienta para comprender el pasado y reflexionar sobre los desafíos del presente.
Por eso, recordar La Noche de los Lápices no debería quedar limitado a una efeméride, porque la memoria cobra sentido cuando permite interpelar el presente. A cincuenta años, homenajear a María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha implica recuperar sus historias y reconocer la violencia de la que fueron víctimas. Pero también supone reafirmar aquello que la dictadura intentó destruir: la capacidad de las juventudes para organizarse, participar y reclamar por sus derechos, que no pertenece únicamente al pasado.
Este 16 de septiembre, las calles de La Plata volvieron a encontrarse con estudiantes secundarios organizados y organizadas que marcharon para recordar a quienes fueron víctimas de la dictadura, pero también para expresar sus propias preocupaciones y demandas vinculadas con las condiciones en las que viven, estudian y construyen su futuro. Cincuenta años después, aquellos lápices siguen escribiendo una historia que no terminó. Las juventudes continúan reuniéndose, tomando la palabra y defendiendo sus derechos, con la capacidad y las ganas de transformar el mundo que les toca vivir. Porque mantener viva la memoria también es defender el derecho de cada nueva generación a organizarse, participar y construir su propio futuro.

